¿ESPERAR A QUÉ?

La crisis del coronavirus y las medidas preventivas que se están implantando están planteando exigencias de adaptación que hacen inviables muchas de las actividades, hábitos y formas de relacionarnos que teníamos hace sólo unos meses.

Estamos viviendo como limitación este periodo de nuestras vidas, y se ha extendido una actitud de esperar a que suceda algo que nos rescate de nuestros actuales agobios. Tal vez una vacuna, o un tratamiento eficaz, quizás que el virus de debilite por razones desconocidas, o se consiga la inmunidad grupal, todas son promesas que nos hacemos de que algún día, y esperamos que pronto, todo vuelva a ser como antes. Esta actitud esperanzada es estimulada por varios factores que voy a desarrollar aquí.

En primer lugar, la postura de los responsables políticos, al frente de las decisiones que se están tomando es cuando menos triste e irresponsable. No sólo utilizan criterios ambiguos, sino que también a duras penas pueden ocultar las pretensiones electorales de sus declaraciones y actos, en algunos casos hasta el punto de lo bochornoso. Se trata de sacarle partido al sufrimiento general. Esa línea de acción se apoya en una promesa de salvación, todos quieren ser salvadores y mejores salvadores que los demás. Este síndrome de salvador lo descubrimos cuando alguien comienza con la frase: “Tú lo que tienes que hacer es…”, que puede soportarse en un amigo bienintencionado, pero que no debería ser el guión de un dirigente político. Así, con estas instrucciones sin consulta a los dirigidos, soberbias, sin contar con colaboración, nos quedamos a esperar que nos saquen de aquí. ¿Esperar a qué?.


También se está destapando la falsedad de nuestro estado del bienestar, sus principios y su frágil sostén. Se ha caído enseguida. La filosofía de vida que propone, con una confianza infinita en un progreso que nos traerá estabilidad tarde o temprano, y que nos invita a quedarnos en un barco seguro de soporte social, nos ha hecho inactivos, faltos de creatividad, cobardes. Simplemente nos sentimos carentes si no están las actividades de ocio, el empleo de toda la vida, las costumbres que adormecen, nuestras plataformas de televisión y nuestro mes de vacaciones. Encorsetamos las relaciones afectivas en el marco de la actividad distractora, sin advertir que es la propia relación la que nos puede llenar y enriquecer. Así esperamos a que de nuevo podamos ir al fútbol, a las bodas y a cualquier otra actividad que nos haga sentir que al menos algún día es especial. ¿Esperar a qué?


La crisis sanitaria actual es la circunstancia que desvela una actitud que, en realidad, está muy extendida. Pero no ha comenzado con el COVID’19. Yo lo atribuiría a la resaca de las grandes catástrofes del siglo XX, particularmente las grandes guerras y los diferentes fascismos. Estos fenómenos han sido terribles y han provocado mucho sufrimiento, y todos parecían seguir con firmeza valores de renovación mesiánica: por fin ha llegado lo que nos ayudará a vivir mejor. Y fracasaron. Hoy, sin atrevernos a creer en nada, por si acaso, nos agarramos a aquello de “Virgencita, virgencita, que me quede como estoy”, y si algo va mal, entonces nos sentamos a esperar. ¿Esperar a qué?


No escribo este artículo para hacer reproches. Tras tantos años de profesión sé que los cambios psicológicos no son más frecuentes porque son difíciles, por mucho que nos quieran convencer de lo contrario ciertos gurúes y miles de libros y vídeos de autoayuda. Y también por mucho que algunas personas quieran convencerse de que encontrarán un remedio fácil y mágico a sus dificultades.

La vida a menudo es difícil, y afortunadamente lo es. El problema no es la dificultad, es la falta de solución. Encontrar soluciones, salir del atolladero, nos da una sensación de fuerza y seguridad, unos sentimientos de capacidad y una pureza en las relaciones que nunca he visto en los que, por sus circunstancias vitales y familiares, tuvieron una vida fácil, regalada. Por supuesto, tampoco es mi intención estimular ir hacia la negación o relativización de los problemas ni hacia la temeridad en su afrontamiento.

El éxito en la solución de las dificultades está en la acción justa, en la precisión de lo que se hace. Y aunque no pueda ser del todo preciso en una recomendación general, sí puedo proporcionarte algunas pistas que te ayuden a salir de esa actitud esperanzada cuando te ves en ella. Te daré tres.

  • Que las ideologías que han prometido demasiado hayan causado tantos estragos que nos hagan desconfiar de los valores (¿qué vale la pena seguir?), no justifica que no los tengas. Esas ideologías fracasaron porque, precisamente, prometían facilidad, y porque colocaron a las ideas por delante de las personas. Necesitamos valores. Búscalos donde tengas que ganarte lo que consigues y donde sea necesario el compromiso y la vinculación con otras personas. No te quedes a esperar a que esto venga solo.
  • La solución de problemas necesita de la creatividad. Si ya no es posible hacer lo que hacías, o ya no funciona lo que hacías, no te quedes a esperar a ver cuándo es posible volver a hacerlo. Toca hacer algo diferente. Y no tienes que acertar al primer intento de renovación. Seguramente tendrás que probar varios caminos antes de quedarte con uno.
  • Si estás esperando a alguien que te rescate, entonces aún no has salido de tu familia de origen. Predomina una parte de ti, infantil, con nostalgia de cuando papá y mamá se ocupaban de todo. Te estás perdiendo todo lo que ahora eres capaz de hacer, sin asumir ningún riesgo. Vivir es arriesgado. Decide y actúa, aunque sea con temor y temblor. A menudo quién esperas que te rescate es un fanfarrón ignorante que no hace lo que te propone hacer a ti. ¿Lo vas a esperar?

¿Esperar a qué?

ÁNGEL MARTÍNEZ VIEJO

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll Up